“Queremos ser tratadas como ciudadanas de la UE, queremos que no violen nuestros derechos de ciudadanas europeas”, afirman. El amor de Bárbara Turno-Arthemalle, 40 años, y Bárbara Tassi, 37 años, no tiene ninguna diferencia con el amor que se profesa una pareja de distinto sexo, salvo en los obstáculos superados y en las barreras cruzadas. Su amor, a vista del Gobierno italiano, termina al cruzar la frontera española.
La mayor de las Bárbaras, era educadora social en Turín. Ciudad en la que conoció a la otra Bárbara, mientras ésta trabajaba de trabajadora social en el Ayuntamiento de la capital de la región norteña del Piamonte. Feudo de la Liga Norte del ultraderechista Umberto Bossi. Un oasis de homofobia y machismo, en el que estas dos mujeres se desenvolvían con la soltura de quien sólo sabe ser libre.
Cansadas de la hipocresía y de “subtitular un hecho normal”, hace dos años, motivadas por el avance legal que los homosexuales españoles conquistaron, abandonaron sus empleos como funcionarias, su militancia sindical-feminista. En pro de los derechos humanos de las personas homosexuales, dejaron sus familias y amigos, vaciaron su vivienda conyugal y sacaron un billete. Sin vuelta. Con destino igualitario.
Hastiadas del conservadurismo italiano, de sentirse solas en la defensa de su proyecto vital, de no poder construir una vida estable y no ser tratadas como lo que son: dos mujeres que se aman. Sin apoyos, ni siquiera en los entornos progresistas italianos. Enfatizan que la izquierda de su país es “víctima de la gran influencia que el Vaticano ejerce sobre la hipócrita moral italiana”.
“Llegué a sufrir discriminación hasta en el sindicato donde militaba, se negaron a considerar mi convivencia con mi novia”, asevera Bárbara Tassi. La gota que colmó la paciencia llegó el día que “fuimos al censo municipal a comunicar que habíamos cambiado de residencia, propiedad de ambas”.
La funcionaria quiso inscribirlas como primas, amigas o estudiantes. Agotadas, aclararon con naturalidad su convivencia. “La funcionaria empezó a sudar y a enrojecer” y la oficina municipal empezó a murmurar. Pasaron vergüenza, se plantaron y dijeron “basta ya”. Aseguran que le dolió la incomprensión y las burlas de los turinenses que esperaban ser atendidos por la “funcionaria homofóbica”.
Fijaron su residencia en España, lo que no significaba abandonar su empeño: que el Estado italiano acepte su realidad. Casadas en el Ayuntamiento de Sevilla, en diciembre de 2010, tras más de 11 años de noviazgo. Con su boda “el Estado italiano no podrá obviar nuestro nuevo estado civil”, pensaron.
Se equivocaron. Obligadas por la ley italiana, tras su casamiento, han de comunicar al Consulado de Italia su nueva condición de mujeres casadas. “Nosotras queremos cumplir la ley, pero no nos dejan”, afirma la educadora social. En el formulario facilitado sólo hay sitio para esposa y esposo. “No lo vamos a rellenar, porque ninguna de las dos es esposo de nadie. No vamos a tolerar que nos invisibilicen”.
Denuncian que su caso “es un problema de Derecho Civil, no un problema de derechos de las minorías sexuales; sólo hace falta que el Estado italiano reconozca los actos oficiados en el registro civil español”. El limbo jurídico, si alguna se casara con un hombre en Italia, resultaría ser monógama en Italia y bígama en España.
Denuncia ante la Unión Europea
Piensan batallar para que la Unión Europea presione a Italia. Son italianas residentes en el extranjero, de “segunda categoría”. Han contactado con un abogado internacionalista. Elevarán su queja ante el Defensor del Pueblo Europeo y la Comisión de Peticiones del Parlamento Europeo.
Están dispuestas a llegar hasta el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo. “Cuando un Estado no cumple las normas europeas en materia de libre competencia, es sancionado por la Unión Europea; sin embargo, cuando un país miembro de la UE viola los derechos humanos de los europeos, aquí no pasa nada”, sentencian las dos Bárbaras.
Les asiste la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea, jurídicamente vinculante a los Veintisiete, que prohíbe toda discriminación “por orientación sexual”. Y lo más importante, les asiste el amor.
Raúl Solís